Raúl-Pérez-Iparra // Dirty – Numb – Angel

Latest

El 15M en un mal viaje

La historia comenzó en una de las plazas de Interzona, en plan buen rollo con los perroflautas de la cosa, gritando antisistema y metiéndome esta mierda que es casi como tranquilizante de perro (quita el casi), prohibido prohibir, y lo que me hubiera gustado mezclar Mayo del 68 con la sólida corteza de un tripi, cuánta exquisitez, popper, pop culture, popper culture y tal. Lady Lizz andaba por otro lado, no sé, con el colectivo de gays, lesbianas y transexuales, o quizá estaba currando, el caso es que me importaba una mierda, y me apetecía ponerme algo de Underworld -Beautiful Burnout- a toda traca, y luego el último de Vetusta Morla, que es un discazo, estar a mi bola entre la gente, sintonizado, en toda esa revolución de cuerpos que sudaban, miradas, sonrisas, coreografías, pancartas, espérate…

…como Gimme Shelter, montones de cuerpos y fango y heces y droga subiendo en altísimas columnas de mármol, piernas de mujeres exquisitas que han decidido desnudarse con cierta elegancia distante, realmente, es, todo aquel momento como la primera vez que hiciste el amor estando enamorado, todo lo que olvidas, todo lo que quieres, una revolución sin cantautores de mierda, sin políticos de mierda, una revolución de reyes lagartos y reinas explosivas, trash, cultura ambient, abierta, popcorn y lolipop, pim, pam, toma lacasitos…

Después todo desaparece.

El suelo desaparece bajo los pies, y la verdad de los sótanos y las catacumbas se manifiesta.

Las catacumbas ideológicas, el horror, la sangre derramada, mirar a los ojos a un tipo con una camiseta con el símbolo de la paz y preguntarle: “¿Qué cojones haces aquí? ¿Qué cojones haces aquí? ¿Quécojoneshacesaquíhacesaquíhacesaquí?”, y mierda, la bajada no sale bien, nada sale bien, la plaza es un pequeño apocalipsis y un tipo empieza a quemar un contenedor (apocalipsis es revelación, rebelación, reverberación), con el susurro del viento atronando en los altavoces, mierda, noto una lágrima que se me escapa y miro toda esa colección de rostros dispuestos a ser defraudados, dispuestos a fracasar, dispuestos a llegar a una cocina llena de mierda con una capa de grasa de un centímetro.

Dolor, política, futuro, delirio, todo cuesta abajo, hasta que decido hacer algo (epifanía), algo puro, algo deslumbrante, algo flamígero que me prenda el pelo, y el sexo, y que en la quemadura pura me reconcilie con mi mismo y mis dos caras, así que lo hago. Cojo una litrona y la dejo caer, con toda mi furia, sobre la peluca de una señora de ochenta años que pasea con su nieto por la manifestación. Después todo es calma, y sangre, y alegría, y karma, y la auténtica política (el aullido, la incredulidad, perderme en la masa con las manos llenas de pelo y trozos de vidrio).

En Interzona siguen saliendo a la calle. Pero yo sé la verdad.

Advertisements

10 canciones para la bso de la autodestrucción mundial (I)

01. David Bowie – Station to Station -> Pero la versión en directo, la que estaba en la banda sonora de “Christiane F.” La del disco no está mal pero le sobra introducción por todas partes.

02. Nine Inch Nails – The day the world went away -> Es un clásico. Me la ponía a toda ostia cuando trabajaba en el estudio y, al cerrar los ojos, se me llenaba el cerebro de semen, mugre, óxido de carbono, nubes negras, cuervos lésbicos y besos negros.

03. Marilyn Manson – Coma White -> También me serviría “Man that you fear”. Ya sé que Manson está pasado de moda y que no le importa un bledo a nadie, pero reconozco que me sigue interesando. Perversiones. Parafilias.

04. Joy Division – Love will tear us apart -> Maravillosa. Puto Ian Curtis, creo que este mundo estaba lleno de cosas demasiado hirientes para un alma tan exquisitamente delicada. A los héroes del siglo XX sólo les queda pegarse un tiro, ahorcarse, ahogarse en su propio vómito. Siempre soñé con follarme a una gótica con esta canción de fondo, pero la verdad es que nunca lo he conseguido. Algún día hablaré de esto.

05. Brain Damage – Pink Floyd -> Cada vez que la escucho en el coche me entran ganas de conseguirlo todo (tu cuerpo, por ejemplo). Creo que la humanidad se podría dividir en dos tipos de personas: los que pueden disfrutar de esta canción (y merecen vivir) y los que no (para los que no hay infierno posible). Esta canción no “se ama”, o no “te gusta”. Simplemente, estás preparado para ella o sobrevuela a kilómetros sobre tí.

Canción de amor para Vera Lynn

La historia es que la ciudad siempre se ha partido en dos mitades. Está la Interzona brillante, la Interzona en la que familias exquisitas sacan a la calle perros hermosos de pelo brillante, Interzona en la que todos los niños tienen una play3 y salen con una sonrisa inmensa en las fotografías, las adolescentes hermosas escuchan canciones de Rihanna y se dejan meter mano a cambio de una cómoda pero culpable pastilla de speed. Y luego está la otra Interzona, la de los callejones oscuros y los animales mutilados que salen en procesión del cubo de la basura para moder una luna en podredumbre perpetua reflejada en un charco. La Interzona en la que los gitanos se organizan en pequeños comandos para acuchillar folclóricamente a los quinceañeros que se pasan de listos, la Interzona del miedo y del botellazo en la cabeza, la Interzona en la que prostitutas como esqueletos te realizan sorprendentes felaciones por, vaya por Dios, otra culpable pastilla de Speed.

Atravieso la ciudad en coche, acelerando, altas horas de la madrugada y un viejo cd de Sepultura -el Chaos A.D., por si les interesa- sonando a toda ostia en el reproductor. Aquí el espacio es un salivazo que se hunde en un océano de tinta y luego emerge de nuevo convertido en una prenda de lujo. No es que la ciudad esté a punto de explotar, es que todo ha implosionado en una rebelión digna de Baudrillard y por los canalones se desliza toda la sangre derramada del mundo.

Tanto rostro cruel, pienso afablemente mientras a mi lado Lady Lizz se busca una vena transitable en el muslo derecho.

– Quita esta mierda y pon a Vera Lynn… – me pide cuando la heroína comienza a hacer su efecto suave, efecto de mar de adormideras y rosas con espinas afiladísimas – …no puedo concentrarme, pon a Vera Lynn… pon “We´ll meet again”…

Lo hago. En los escaparates contemplo mi pequeño vehículo desquiciado como una bala verde, naranja, morada. Lady Lizz canta con su voz desafinada de urraca nocturna e intenta improvisar un gesto seductor con ambas manos. Un gesto seductor para nadie, en realidad. Comprendo que el efecto del eme no tardará demasiado en desaparecer, pero hasta entonces, puedo disfrutar del paisaje de la Otra Interzona, mi Interzona. Esa Interzona en la que niñas rotas -esas niñas que me gustaban tanto en los años de Zaragoza y que supusieron, a la postre, mi autodestrucción final- desaparecen detrás de las ventanas abiertas como ojos en las fachadas de las casas abandonadas para dormir un sueño drogadicto de los justos, Interzona en la que los borrachos orinan con apabullante precisión en los restos de comida que se arrojan por las ventanas de los hermosos edificios de cristal, Interzona de besos canívales, cabinas de peepshow y ángeles esquivos que guardan oscuros secretos.

Y pienso, en otra dirección, que ya hemos perdido la libertad para siempre.

Comercio (fálico) justo

La movida es que ya lo dijeron muy clarito Fassbinder y Houllebecq, y después de eso los adalides de la tolerancia me podéis comer el rabo. Aquí lo que importa es la cama, el sexo, y si te follas o no te follas a tu perversión exquisita del tercer mundo. Las cosas son lo que son y van como van. Entre “Todos nos llamamos Alí” y “Plataforma” hay apenas un paso, un matiz, una náusea ideológica, pero al final cobramos los veintemil de la casilla de salida. Hasta Borroughs se pasó una larga temporada en los prostíbulos del Irán pre-Jomeini llevándose a la entrepierna a una legión de efebos exquisitos en una levedad mariposona y drogadicta. Y lo que no sabemos.

La historia es que en el estudio algún iluminado ha montado un puesto de comercio justo para que palmemos más pasta por productos que nos limpien la conciencia ideológica. Café justo, en fin, y todos esos iluminados de Amnistía Internacional o del vegetarianismo que se avergüenzan bochornosamente de pertenecer al primer mundo, vamos no me jodas.  Totalitaristas feminazis inoculándote un complejo fálico a fuerza de decisiones políticas vaginocráticas, expertos predicadores de la piedad que cierran su puerta y se felicitan por lo bien que les huele el sobaco.

Estoy con una resaca histórica, tirado en una habitación de hotel, y me pregunto ciertas cosas importantes. La primera de ellas es la capacidad irónica de concebir un mundo en el que legiones de adolescentes acuden a las salas de cine para sumergirse en pornografía emocional o violencia explícita. La segunda es la concepción del lenguaje como herramienta de destrucción del prójimo, y muy específicamente, de mi pequeña gran clase: el hombre blanco burgués. La tercera es el descubrimiento deslumbrante e impagable de las producciones de Digital Playground (en especial “Nurses” y “Teachers”, dos obras maestras de la postmodernidad), infinitamente mejores que todas esas mierdas que nos llegan a Interzona de León de Aranoa, Icíar Bollaín y otros guardianes del olor solidario.

Lo único que me tranquiliza es saber que cada día, así entre tu y yo, el conflicto de Japón, Gadafi, Aminatu Haidar, Corea, Haití… nos la sudan.

Wienterreise

Mi trabajo en Interzona me obliga a invertir, al menos, seis o siete horas de escucha detenida de música. Electrónica, indie, pop, folk, todo se suma en un asfixiante tapiz sonoro del que algunos días me siento absolutamente incapaz de escapar. Una telaraña de últimas novedades, reseñas, grupos nuevos que lo van a cambiar todo, raperos que se dejan caer por los estudios para maquetear, y así hasta el infinito.  Hoy, regresando a casa en el crepúsculo viernes de color de cadáver, he tomado la decisión de desenterrar del fondo de la guantera la Wienterreise de Schubert. Estaba olvidado entre un kitkat a medio terminar, una lata vacía de redbull, con manchas de coca casi ancestrales y un par de arañazos bastante feos en su superficie. Pero mi edición de la Wienterreise – la de EMI, con Ian Bostridge y Leif Ove Andsnes- es una superviviente nata y siempre aguanta, siempre es capaz de resucitarme cuando lo único que me apetece es lanzarme a toda ostia por el carril de la izquierda contra el primer coche que, aleatoriamente, tenga la mala suerte de venir hacia mí. Una vez, en Zaragoza, hace mil años, le regalé a la hija de un importante miembro del Comité de la Expo una edición nueva de “La muerte y la doncella”. No sé por qué lo hice, quizá fue una felación especialmente satisfactoria, o quizá es que la niña lloraba siempre después de hacer el amor, joder, y aquello me conmovía.

Escucho tanta música que a veces es necesario escuchar lo esencial, lo puro, lo único que realmente merece la pena emergiendo del magma de mierda que nos satura los oídos. Bach antes y durante los ataques de ansiedad, Schubert antes y durante los malos momentos. Lo de Zaragoza pudo acabar con cualquiera, y yo no estaba mejor preparado para capear el temporal que ninguno de los que nos vimos metidos en la basura de la Expo. Lo siento si suena localista, pero un hijo de puta es un hijo de puta universal, completo. Y, por cierto, tengo una teoría: un hijo de puta nunca escuchará la Wienterreise de la misma manera que una buena persona nunca escuchará a Don Omar. Es un cálculo matemático de fácil solución.

Así que llega “Der Leiermann” y se me ponen los pelos de punta. Es como si la muerte me estuviera ofreciendo su sexo oscuro y sangrante, palpitante, un sexo portentoso y repugnante dotado de un clítoris gigantesco, un clítoris tan contundente que descendiera como una pelota de pingpong hasta cerrar la tráquea. Buenas noches, mi amor. Por lo menos es viernes y esta noche habrá que hacer algo, tomarse unas copas, meterse algo, lo que sea. Esta noche no moriré, de la misma manera que mañana no seré capaz de resucitar.

Es viernes, por supuesto, pero ya aparece el horror del domingo por la noche como un fantasma conjurado por la promesa de la autodestrucción cotidiana. ¿Hacia dónde se puede escapar en esta tierra de cemento líquido que se incrusta en tus córneas y te convierte en una estatua gris y fláccida, una impotencia torrencial? Interzona no escucha mis plegarias, y quién sabe, tampoco las tuyas.

Discos de antes en viernes por la noche

Lady Lizz, mi amiga lesbiana, se ha encerrado conmigo esta noche en mi pequeño piso alquilado en la barriada de Interzona. Está mejor, me cuenta, aunque es imposible creer aquello. Había enlazado desde el miércoles a base de Corydrane, y me dice, ya están a punto de desaparecer los putos efectos y entonces quedará un vacío completo, la sensación de vacuidad, la esfera despojada del silencio interior. Lo conozco demasiado bien: después de la movida de Zaragoza tuve algunos meses que han desaparecido por completo de mi memoria, meses en los que, simplemente, lo único que puedo articular es un inmenso fogonazo, un folio en blanco, una breve intuición en la que apenas cabe algo -un dolor de cabeza, un sol de espanto, un tren que llegaba tarde.

Yo tampoco tengo muchas ganas de salir. El rostro de Lady Tink se proyecta como una mala copia de 8mm sobre las ventanas oscurecidas que dan a los parques de Interzona y estoy un poco de bajón. Esta tarde me he sorprendido masturbándome compulsivamente pensando en ella con lo último de Riley Mason
, no sé, es lo malo de librar los viernes por la tarde en el estudio de sonido, que uno acaba pelándosela como un mono pensando en mujeres tristes. Te acuerdas, me pregunto, si ahora mismo mientras Lady Lizz está haciendo una especie de té apestoso en mi cocina, te acuerdas de esos chispazos en los que parecía que todo iba a funcionar y hablaríamos de Tom Waits, y de Kraftwerk, y te raptaría los martes por la tarde para ir a la Filmoteca de Interzona, quién sabe, quién sabe si hubiéramos podido enamorarnos en serio o…

O qué cojones, al final acabas mirando las tetas de Riley Mason, que también tiene los ojos tristes.

Así que la noche se muere como un animal asfixiado que clavara sus ojos vidriosos en un firmamento vacío. Un estertor, un canuto, Lady Lizz me cuenta algo sobre una tipa que iba a venir desde Barcelona pero al final se quedó por el camino, y me cuenta que tiene que dejar a otra chica, pero que no sabe cómo hacerlo, que aquella se fecundó tras un viaje de tripi en el que se iluminó extrañamente y ahora dice que su hijo necesita un padre, o mejor, otra madre, y en fin, todo es una mierda.

Le pido silencio y me tumbo en el diván, a poner un buen vinilo. “The dark side of the moon”, que suene suave, que suene toda la noche. I´m not afraid of death, no sé si quise a esa mujer, o si me quedaría algo de speed rosa por algún lado, bajada suave, yo que sé. Mientras tanto, Lady Lizz se hace otro canuto. Joder, tiene veinte años y hace lo mismo que hacía yo, lo mismo que hacían mis padres: fumar porros, escuchar a Pink Floyd, sentirse triste.

Lady Tink, Robyn, y el fin de occidente

Algunas cosas me hacen sentir especialmente miserable. Hace apenas unos segundos, por poner un ejemplo, me cruzo con Lady Tink por los despachos de Sonidos de Interzona, la bendita empresa que nos da de comer, de beber y de drogarnos a la sección de not-so-young técnicos y especialistas en la cosa. Me cruzo con Lady Tink, ya digo, que se aproxima antes de tiempo a mis erecciones primaverales luciendo una camiseta blanca de pobre, camiseta blanca de mercadillo bajo la que asoman los dos enormes pechos nutricios o así.

Lady Tink me sonríe tristemente, como sorprendida en su propia estupidez, y quizá recuerda -desde luego, yo lo hago- el momento en el que me la encontré cruzando el puto párking con ese imbécil mucho más joven, atractivo y musculado que un humilde servidor. Y hablamos. Qué tal todo, qué tal todo.  Ay, si hubiera invertido el mismo tiempo, dinero y energía en machacarme en el gimnasio de las buenas intenciones en vez de estar encerrado en garitos sin ventilación escuchando a Depeche Mode. Jódete, occidente, y jódete también, Raúl Pérez Iparra. El caso es que Lady Tink me sonríe con una tristeza de cachorro decapitado y me recuerda, como sin ganas, que hace ya un par de semanas prometí que le pasaría los últimos compactos de Robyn. Por supuesto, of course my darling Clementine, pero eso fue eones antes de que acabara al borde de un colapso nervioso encerrado en el cubículo de mi pequeño Micra, viéndote pasar con aquel imbécil como si la luna del coche se hubiera convertido en una mala pantalla de cine, llena de polvo, escarcha y cagadas de paloma. Jódete, Raúl Pérez Iparra, ya digo.

Me siento especialmente miserable, y en el intercambio del Body Talk -esa especie de potlacht ponzoñoso-, me sonríe otra vez como desganada, como traicionada, como si yo no estuviera aquí dispuesto a pagar una y mil veces todas las Fantas del mundo. Pero no. Aquella se marchará con mi música, se liará reverencialmente el canuto de antes del canuto, y pasará una noche de lunas oxidadas en los brazos de aquel otro tipo.

Este fin de semana va a ser demoledor. Ya puedes jurarlo.